viernes, 16 de junio de 2017

Rescue Me │ Capítulo III

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CAPÍTULO III

—Claro, cariño. Pasa, pasa. No puedo creer lo grande que estás. —Lucy sintió algo de incomodidad. No era una visita de cortesía, ni tampoco necesariamente de reencuentro.
—Sra. Dunne, no quiero ser grosera. Pero no es el momento más pertinente para entrar. Me da mucho gusto verla, y prometo que la visitaré muy pronto. Yo… Necesito hablar con Adam. —La mujer le dedicó una expresión de preocupación, y asintió. Quizá en su instinto de madre sabía que algo no iba para nada bien. El dolor que sentía no hacía sino aumentar. Y sabía que en cuanto viera a Adam, después de todos aquellos años, haría un estrago en su cabeza.
—Está bien, cariño. Ahora lo llamo. —Lucy se limitó a asentir. No creía que fuera capaz de decir otra palabra. Si lo hacía, probablemente saldría un aullido de dolor.
Se alejó un poco de la puerta y le dio la espalda. Tenía miedo. Quizá Adam la mandara al demonio después de todo. Se preguntó que tanto habría cambiado con el paso de los años. Los últimos recuerdos que tenía de él eran más bien vagos. De alguna manera se las arregló para guardarlo en lo más recóndito de su mente. Jugaba con sus manos nerviosamente, cada segundo le parecía una eternidad.
—¿Lucy? —Sintió su voz, llena de incredulidad. Se quedó muy quieta, sin siquiera respirar. Pensó en salir corriendo, pero no era lo más racional. Lentamente volteó y lo vio. Había cambiado un montón. Era por lo menos diez centímetros más alto que ella. Sus facciones estaban un poco más marcadas. Su tez blanca era un poco pálida, pero siempre había sido así, su cabello era un caos, un hermoso caos. Crecía para arriba en ondas castañas desordenadas. Su cara llena de sorpresa y sus ojos avellana que no creían lo que veían.
—Adam. —Dijo Lucy en un susurro antes de lanzarse en sus brazos y sollozar en silencio. Tal y como hacía cuando era niña. Éste la cogió con fuerza e hizo que ambos se sentaran en el segundo escalón que daba a la puerta. La envolvió en sus fuertes brazos, y le acarició el cabello. Por un momento pareció que los años no habían pasado.
Estuvieron así por varios minutos, hasta que el llanto de Lucy se calmó. —Lo siento… Creo que esta no era la manera más adecuada para… —Se quedó callada. No podía decirlo. Si lo decía en voz alta, se haría real. Y no quería que fuera real.
—Lucy, ¿qué ocurre? —Se podía leer el miedo en sus ojos. Temía por lo peor. Aquel día había sido duro para él, cinco años… Y le asustaba que Lucy estuviera a causa del mismo tema. —Me alegra verte. Ha pasado un largo rato. —Le mataba ver lo asustaba que estaba. Las manos le temblaban. Era como volver a aquella niña de doce años destrozada por su mejor amigo. Le alegraba mucho verla, no era una mentira. No pasaba un día en el que no pensara en ella, en cómo habría cambiado, si estaba bien.
—Adam… Yo no puedo… —Se podía sentir el dolor en su voz. Él le cogió las manos y las entrelazó para darle fuerza. Tomó un suspiro. —Es… Es Aaron. —Adam pasó saliva ruidosamente. A juzgar el estado de Lucy, ya sabía que esperar. —Está… Muerto. Encontraron su cuerpo. —Un nuevo sollozo salió de su boca al decirlo. No podía ser real. Le dolía respirar. No quería ver el rosto de Adam, pero debía obligarse a hacerlo.
Una silenciosa lágrima caía por su mejilla derecha. Sentía su rigidez. De alguna forma quería que él le dijera que todo iba a estar bien, justo como hacían cuando eran pequeños. Pero las palabras nunca salieron de su boca.
—¿Qué ocurrió? —Le preguntó. Miles de dudas corrían por su mente. ¿Cuándo había pasado, sufrió?
—No… No lo sé. Salí antes de saber algo más. Querían hacerme un interrogatorio. —Lucy volvió a bajar la cabeza. Separando una de sus manos para limpiarse algunas de sus lágrimas.
—Entremos.  —Él la ayudo a pararse, y nunca la soltó. Entraron a la casa. Éste la llevó hasta la cocina donde estaba Mandy organizando y limpiando todo.
—Madre… —Dijo Adam, dudando. Se podía ver que estaba conteniendo sus emociones.
—Cariño, ¿qué ocurre? —Lucy se sentó en uno de los asientos de la cocina, intentando dejar de temblar. Mantuvo la cabeza baja, no podía ver la expresión de la madre de Adam. Quería taparse los oídos como una niña pequeña, porque no quería escuchar cómo Adam le daba la noticia.
—Mamá… Encontraron el cuerpo de Aaron. —La voz de Adam se quebró al final. Se sentó al lado de Lucy, y le tomó la mano. De alguna forma era reconfortante tenerse el uno al otro. Cosa que no sucedió durante años.
Mandy corrió a abrazarlos a ambos, diciendo un simple “Lo siento mucho, niños.” Y de alguna forma, así se sentían, como niños.
Era increíble pensar que cinco años atrás no vivían una escena muy diferente, cuando la alerta por desaparición de un menor se estableció. Solo que en aquel entonces tenían esperanza. Ahora, solo tenían el corazón roto por saber que nada les devolvería a su amigo.
Pasaron varias horas sin decir mucho. Mandy les dio un té a ambos para que intentaran relajarse. Lucy les contó como cuando llegó le dieron la terrible noticia, y como la Policía quería hacerle un tipo de interrogatorio, y lo mucho que la indignaba eso. Se quejó de la incompetencia de la Policía, y la suya propia. Supusieron que pronto querrían hablar con Adam, también. Pero poco sabía más a causa de su huida.
—Creo… Que debo volver a casa. —Todos asistieron. —Gracias por todo, Sra. Dunne. Y a ti también, Adam. Lamento haber aparecido así. Todo me sobrepasó.
—Está bien, cariño. Me alegro mucho volverte a ver. Por favor, prométeme que estarás en contacto. —Lucy asintió y le dio un gran abrazo.
—Te acompañaré hasta tu casa. —Le dijo Adam, cuando esta se aproximó a despedirse.
—No es necesario, Adam. —Se sentía un poco incomodada. Ya no eran los mejores amigos que solían ser, y no podía olvidarlo.
—Lo sé. Quiero hacerlo. —Lucy asintió y se aproximó a salir junto a Adam.
Las primeras calles las caminaron completamente en silencio. De alguna forma no era incómodo. Más bien doloroso. Aunque durante las últimas horas se ayudaron mutuamente para aceptar el hecho de que el capítulo sobre la desaparición de Aaron se cerraba, para abrirse uno todavía más doloroso acerca de su muerte.
—Apesta que nos viéramos de nuevo bajo estas circunstancias. —Dijo Adam, rompiendo el silencio. Acompañando con una carcajada triste al final.
—Lo sé. Y lo odio. Desearía que no nos hubiéramos separado... Desearía haber sido más muerte. —Lucy sentía un nudo en su garganta. La culpa la llenaba. No su cabeza no dejaba de dar vueltas acerca de cómo debió haber hecho mucho más. No sólo con Aaron, sino también con Adam.
—Está bien. Me siento igual. Es mi culpa… Te alejé con el pasar de los días. Pero me dolía. Se suponía que te protegería. —Lucy soltó una pequeña risa. Él y Aaron siempre la trataron como esa hermana menor que debía ser protegida. Y de alguna forma odiaba el hecho de que Adam la hubiera alejado. Pero ella también lo había hecho, y no podía culparlo por eso.
—Ambos lo hicimos. No debes culparte por eso. Creo que… Simplemente fue demasiado duro. Y éramos muy jóvenes. —¿Cómo podían dos chicos de 14 y 15 años enfrentar una situación semejante por sí solos? No podían.
Continuaron caminando por las solitarias calles. Era tarde, aunque era un vecindario “seguro” Pero dada las circunstancias no quería que Adam volviera solo. Siguieron hablando de cosas sin importancia, ninguno hondó en nada demasiado personal. Era algo que debían arreglar con el tiempo.
Una vez llegaron a la casa de Lucy, se aliviaron al ver que no había ninguna patrulla a la vista y que todo estaba silencioso.
—Realmente te extrañé. ¿Lo sabes, verdad? —Adam le dedicó una mirada triste mientras decía sus palabras.
—Lo sé. Yo también te extrañé. Pasé mucho tiempo queriendo retomar contacto… Simplemente nunca di el paso. Lo siento. —Lucy se encogió de hombros con pesar.
—Está bien. Estamos en la misma situación. Por cierto… —Adam sacó su teléfono del bolsillo delantero del pantalón. —Dame tu número.
Lucy tomó el teléfono y escribió su número con dificultad. El frío de la noche le habían entumecido las manos.
—Háblame cuando llegues a tu casa. Ten cuidado. —Ambos se dieron un abrazo muy fuerte y lleno de significado. Separarse resultaba de alguna manera doloroso. 

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